¡Refuerza tu liderazgo con tus palabras!

¡Refuerza tu liderazgo con tus palabras!

En los años que llevo trabajando con directivos, he podido observar una tendencia muy habitual y generalizada: la negación de la responsabilidad al expresarse. La negación del propio liderazgo. Todo ello, desde la inconsciencia, por supuesto.

Os voy a poner algunos ejemplos, en los que nos comunicamos evadiendo nuestra propia responsabilidad.

El uso de la expresión tan habitual “tener que” ilustra hasta qué punto nuestra responsabilidad personal por nuestras acciones se diluye. Constituye un ejemplo claro sobre cómo el lenguaje nos allana el camino para que podamos negar nuestra responsabilidad personal, con respecto a lo que sentimos y a lo que pensamos.

Hace un tiempo, estaba trabajando con una directiva que me contaba lo poco que le gustaba una parte de su trabajo:

“Odio tener que dar feedback. Ya son mayorcitos y yo no soy su madre para estar encima de ellos. No tengo claro que sirva para mucho… Pero tengo que hacerlo, es lo que hay que hacer ahora.”

Hicimos un ejercicio en el que le sugerí que convirtiese esa afirmación por esta otra:

“Elijo dar feedback porque quiero…”.

Y que completara la frase. Se quedó unos minutos reflexionando con cara contrariada y finalmente respondió:

“Elijo dar feedback porque quiero conservar mi trabajo y eso es lo que me piden ahora”.

Y se apresuró a decir:

“De todos modos, no me gusta decirlo así porque me hace sentir demasiado responsable por lo que hago”.

Y yo le respondí: – “Por eso mismo quiero que lo digas así”.

Negación de nuestra responsabilidad

Negamos la responsabilidad de nuestros actos, cuando atribuimos su causa a fuerzas difusas e impersonales:

  • “Cumplí con mi obligación porque tenía que hacerlo”.
  • “Con tanto cambio, ahora hay que hacerlo así”.

(…) A nuestro estado de salud, un diagnóstico o nuestra historia personal o psicológica:

  • “Me cuesta porque soy despistado”.
  • “Yo soy así, no voy a cambiar, ya me conocéis todos”.

(…) A lo que hacen los demás:

  • “Le increpé porque no entregó la propuesta a tiempo”.
  • “Me puse nerviosa porque ya se lo he dicho varias veces”.

(…) A órdenes de la autoridad u otras personas:

  •  “Me lo ha pedido mi jefe, así que no queda más remedio”.
  • “Lo tengo que cambiar porque los de Recursos Humanos dicen que hay que hacerlo”.

(…) A presiones de grupo:

  • “Tenemos que hacerlo porque los de x equipo/área, ya están con ello”.
  • “Si ellos han podido, nosotros también”.

(…) A políticas, normas y reglas institucionales:

  • “Tengo que decirte esto porque es política de empresa, porque aquí las cosas no se hacen así…”.
  • Este tema es por lo del cluster…”.

(…) A los roles asignados según género, posición social o edad:

  • “Eres demasiado joven para entenderlo”.
  • “Como padre de familia, no te puedes permitir algo así”.

(…) A impulsos irrefrenables:

  • “Esto me supera, así que no puedo hacer nada”.
  • “Me pone de los nervios”.

(…) A uso del condicional simple, para restar importancia o suavizar el discurso:

  • “Me gustaría decirte…”.
  • “Quería hablar contigo porque…”.

Pero sin duda hay una expresión que se lleva la palma y es el uso del plural en primera persona:

  • “Hemos decidido que tu valoración es”.
  • “Vimos que lo mejor es que…”.

¿Consecuencias?

Te diluyes entre el plural o incluso desapareces entre tanta gente… Pierdes fuerza en tu comunicación, en definitiva, no te haces presente. Cuando comunicamos algo, incluso si no lo hemos decidido nosotros y estamos haciendo de mensajeros, tenemos que hacernos presentes pues somos nosotros los que estamos representando esa decisión y la estamos comunicando.

No es lo mismo decir: “Hemos visto que lo mejor es que dejes de representar este producto, porque…” a decir: “Estoy aquí para comunicarte que lo mejor es que dejes de representar este producto porque…” Porque aunque tú no lo hayas decidido, en ese momento estás ahí, diciéndolo y representando esa decisión.

La comunicación es un acto de presencia, no lo olvidemos.

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